20080601

MAMEMOS DEL ARTE O NO DISIMULEMOS QUE SOMOS DE BIBERÓN

Esta vez la cosa va de reseñas y reflexiones.
Esto no era un espacio para reflexionar (me propuse en un principio), pero ya que tengo ganas y tengo espacio, pues vamos.
Hace poco fui a un recital, un recital al uso, con poeta y poesías, y con guitarra. Era divertido, era ameno, estaba uno tranquilo en la sala. Acabó y yo dije "bueno, me ha gustado". Pero el de al lado dijo (contestó), claro, es que cuando no has visto esto antes, sorprende, ¿verdad? un tipo que recita y de pronto canta... y eso ya no.
No.
Que me guste no es que me sorprenda. Que guste no es que sorprenda. La sorpresa, chico, ahí me di cuenta, es una gilipollez, un disimulo de la ignorancia -y habla la persona que por desgracia más a menudo anda con los ojos de par en par-, la sorpresa ahí, precisamente ahí, en un tipo con poesía y guitarra, no puede darse, que no.
Porque a los pocos días, en un escenario en forma de pasarela, con el público desparramado por el suelo rojo del patio de La Casa Encendida, había otro tipo/chico/chaval llamado Josep Pedrals, que no tenía guitarra, tenía bases electrónicas y se ponía a bailar, él solo allí arriba, como a quien no le importa que le tiren la copa en una discoteca, y luego decía cosas sobre el queso y otras que no entendimos pero que eran impresionantes porque estaban en catalán, con esa sonoridad del fondo de la nariz que a mi me impresiona que quepa en una garganta.
Eso a lo mejor sí que era más -no digamos sorprendente sino- raro. No, tampoco raro, que caemos en lo mismo, ¿decimos que era auténtico? era auténtico. Era él. Era un hombre al que le apetecía bailar y hablar sobre el queso.
Las "rarezas" (bueno) siguieron allí mismo con una alemana gorda y colérica que colocaba muñequitos encima de la mesa y les decía "he wrote about flowers and streets and women / he wrote about flowers and streets and women / he wrote about flowers and streets and women, he wrote about..." Y así.
Lo de los muñequitos tampoco era cosa rara o sorprendente o única, vamos, que para eso ya habíamos visto bastante a nuestra vaca. Lo de la alemanamericana en sí, con sus piececitos pequeños y cabreados que se le veían por debajo de la mesa apretarse contra el suelo, hubo a quien le impresionó, -o a lo mejor fue en contraste con el pobre cowboy-tejano-fonético que vino después, con el que comprendimos el sentido de que se hubiera dispuesto al público tumbado entre cojines, pero eso es otra historia-.
El caso, para ir acabando, es que con la alemana tampoco tendría que haber habido sorpresa o impresión.
Porque al día siguiente, en una sala mucho más modesta pero increíble, en el DESYELLOW, un antiguo restaurante chino hecho museo, sala experimental, dos escenarios, dibujos en las paredes y cuadros en la cocina, pasó una cosa de las que descolocan y atrapan.
"Arritmia: Sonido + Mancha + Dibujo", un espectáculo que era más que eso, era como una sensación o un sentido: lo explico bien:
una chica manchaba con tintas un lienzo puesto en el suelo, inmediatamente arriba, sobre una mesa transparente, otra chica dibujaba líneas con rotuladores, sobre ellas una cámara grababa el dibujo y la mancha poniéndolos simultáneos y en dos dimensiones, y lo proyectaba en una pared. En otra pared otra proyección, esta vez del perfil de las dibujantes o del público: es decir, en total: un directo (las chicas dibujando allí mismo, sobre la marcha); una representación, en la primera proyección, de ese directo, sin chicas de por medio, sólo el dibujo cambiante, a modo de cuadro en movimiento colgado en un museo; y otra representación, en la segunda proyección, de las chicas que dibujaban, de perfil, sin que se viera el dibujo, a modo, a lo mejor, de reportaje de la tele "vean como dibujan en directo estas dos chicas que...".
Y de fondo una música sin ritmo y sin melodía, un teclado, una guitarra eléctrica, varias mesas de efectos de distorsión y ecos, un ruido. Un ruido que te dejaba allí colgando sin preguntarte cuando iba a acabar.
Algo tan bonito que a uno ya no le hacía falta que le sorprendiera ni le impresionara ni etcétera. Uno sólo quería estar allí donde estaba y mirar a un sitio o a otro o a todos a la vez.
Y eso ya sí. Ahí culminó la cosa.
De ahí hay que beber y que mancharse, chaval que me dijiste que era sorprendente un tipo con guitarra.
Ahí tendría que estar la poesía colocada (porque está), entre las manchas que se escurren y el ruido de una orquesta entera de ruidos. Buscad allí, joder, si es que es tan fácil. En las bellas artes, poetas. Y si no sabéis o no podéis mejor no intentéis hacer como que hacéis porque se nota, (a no ser que podáis ser vosotros mismos, tan vosotros y tan mismos como ese Pedrals del Yuxtaposiciones).
Y yo me aplico el cuento claro. De eso va todo.