Que los muertos vuelvan a levantarse es normal, los muertos sin fe. Nosotros los enterramos y después ellos salen, no inmediatamente, luego. Nos damos la vuelta, un poco apenados: buen trabajo, y un poco ansiosos y un poco satisfechos: mira qué silencio hace esta tarde, Louise. Pero los muertos al rato, cuando ya no nos huelen, van saliendo, van trepando, escarban, animalitos
mira!
que!
silencio!
hace!
Nosotros
pensamos que ya no están, y ellos vuelven a desenterrarse y están y estarán para siempre, y nos envidian a los inmortales nos miran con mucha melancolía desde la distancia, y nos tienen miedo.
20100222
20100221
TJ
Están vomitando
en la puerta de su casa
y él se quita la bota para decirles
para
decirles
muchachos:
para decirles muchachos:
no
este no es, decirles:
muchachos, este no es
decirles:
muchachos este
este no es el camino
the road no es el camino
jesucristo es el camino
y los mapas y los perros
y los mapas y los gallos
y los mapas pintados con regla
y los mapas y el lodo y los mapas
y la santa inocencia de los muchachos
en la puerta de su casa
y él se quita la bota para decirles
para
decirles
muchachos:
para decirles muchachos:
no
este no es, decirles:
muchachos, este no es
decirles:
muchachos este
este no es el camino
the road no es el camino
jesucristo es el camino
y los mapas y los perros
y los mapas y los gallos
y los mapas pintados con regla
y los mapas y el lodo y los mapas
y la santa inocencia de los muchachos
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Lo que América puede
20100214
tan los muertos
-tan los muertos? -c-? no est- ? d--q no ESTÁN --los muer--el jueves recibimos malas noticias. Han ido al cementerio a comprobar y no están, han metido sus testadores en la tierra y no había nada debajo. Los mariachis cantan preparándose para San Valentín, son las 6 de la tarde, despierto a Louise, vamos, ¿donde? A McArthur.
Los dos hombres están en una esquina de la plaza, son educados, relucen sus pieles negras en lo oscuro, en medio de los drogadictos y los pandilleros que nos dicen: Jesús te ama. Le compramos unos dulces a la señora gorda de enfrente del 99cents, llega la policía y le dice a la señora: go. Metimos nuestros testadores y no había nada, nos dicen, y les juramos que los enterramos allí, los enterramos hace un mes, a mi vuelta del viaje, se lo juramos, ¿y qué podemos hacer? Hay un loco contorsionado debajo de una farola que no llega a caerse. Hay que encontrarlos. Esto no se termina, me dice Louise ya en el autobús, no se termina.
A las cuatro de la mañana tenemos que encontrarnos con Jason y su mujer. Hasta entonces decidimos ir a ver a los chicos de Echo Park para despejarnos. Cenamos unos bocadillos en el laundrymatic, mirando como giran las lavadoras, y los bocadillos nos saben a jabón. Pasamos por la galería, los de las antigüedades han vendido todos los trajes, Louise gets disappointed porque ella quería uno. Luego en los indios nos invitan a mariguana y nos enteramos de que están los Junkies tocando a dos manzanas. Louise me dice: me quedan dos pastillas. Nos drogamos y vamos para allá. Los junkies son una familia, una familia entera en el escenario, y los sonidos nos penetran por los poros de la cara, y todo el amor se nos sube a la cabeza y salimos al patio a hablar. Hablamos like mad, como nunca en nuestra vida. Louise y yo. Se nos van sumando y separando parejas de gente, vodka en botellas de plástico, la gente mueve la cabeza, alante-abajo y atrás-arriba, escucha lo que dicen, tío, man, los junkies. Nos vamos para poder coger el autobús antes de las dos, Louise ha tenido una idea, vámonos a la Freak.
Hacia Hollywood a las dos en un autobús con cuatro hombres dormidos en exactamente la misma posición.
Nosotros seguimos hablando y hablando hasta toparnos con la iglesia. En la freak no hay apenas nadie pero por casualidad están Jason y su mujer, solos bailando en la pista, debajo de un foco azul, la mujer de Jason es gorda y bonita, se mueve despacio, con cariño, nos unimos, bailamos los cuatro, con el foco azul, un flaco pincha en alguna habitación de arriba. Louise conoce a un hombre hermoso y habla con él como estaba hablando conmigo, soltando todas las palabras al mismo tiempo. A las cuatro Jason dice vamos? Su coche tiene el maletero más grande que hemos visto en nuestra vida. En los asientos de atrás Louise y yo cabemos como niños secuestrados. Seguimos viajando un poco arriba y me da miedo de pronto no estar a la altura. Llegamos al garaje, subimos a su apartamento. Jason tiene un compañero insomne que nos mira desde el balcón y luego desde la mesa de la tele y desde la cocina. Desde distintos ángulos. Nos pregunta qué hacemos allí. Aquí está, dice Jason. Louise ha salido a fumar al balcón. Me doy cuenta de mi continua transición entre la edad adulta y la adolescencia, y viceversa y viceversa y viceversa: es la primera vez que sostengo una pistola.
Es un revólver, no está cargado, me dice, pesa - pero es mejor que pese, ¿ves? así cuando disparas no tira para atrás. Si alguien entra en tu casa, dicen, hay que darle un aviso después del aviso tiras a matar. Hay que disparar a la cabeza y matarlo y luego llamar a la policía. ¿Alguna vez has matado a alguien Jason? Geez no! Mientras me explican disparo ficticiamente a la cara gorda de un anuncio de donuts, a través de la ventana. Luego lentamente giro la muñeca y apunto a la cabeza del chico insomne. Me miran. Se quedan en silencio, nos quedamos en silencio. Jason pone una mano en el cañon: nunca, oyes, sólo se apunta para tirar a matar. Estamos solos en el salón de una casa de Culver City. Louise vuelve del balcón y pregunta si podemos quedarnos a dormir en el sofá.
Por la mañana seguimos sintiéndonos bien. Desayunamos pancakes con huevos y café de vainilla y lueno nos dejan en Venice bvd. Verano de febrero. La playa es una ventana al paraiso, una cometa en forma de gaviota, familias de amantes, niños que hacen volteretas sucesivamente a lo largo de toda la costa, las botas vaqueras en la arena, la montaña azul y el cielo azul. Nos acercamos a ver qué tal los de los tambores, y bailamos un poco. No sabemos bien qué tenemos que hacer. Perdimos a los muertos, tenemos un revólver. No queremos pensar. Se pone el sol y le pregunto a Louise si quiere que nos pasemos por China Town a buscar a El Chico. El Chico no está, pero en la discoteca del chino-chicano las luces parecen las de una nave espacial o una galaxia. Hace rato que hemos dejado de hablar. Nos sentimos perdidos, repletos, cansados y en paz, y cogemos el último tren treinta segundos antes de que salga. Corremos por el andén como posesos y un hombre enrojecido nos dice cuando nos sentamos -partiéndonos de risa- you were lucky. La suerte de los perros: callejones. Por la mañana seguimos sintiéndonos bien.
Los dos hombres están en una esquina de la plaza, son educados, relucen sus pieles negras en lo oscuro, en medio de los drogadictos y los pandilleros que nos dicen: Jesús te ama. Le compramos unos dulces a la señora gorda de enfrente del 99cents, llega la policía y le dice a la señora: go. Metimos nuestros testadores y no había nada, nos dicen, y les juramos que los enterramos allí, los enterramos hace un mes, a mi vuelta del viaje, se lo juramos, ¿y qué podemos hacer? Hay un loco contorsionado debajo de una farola que no llega a caerse. Hay que encontrarlos. Esto no se termina, me dice Louise ya en el autobús, no se termina.
A las cuatro de la mañana tenemos que encontrarnos con Jason y su mujer. Hasta entonces decidimos ir a ver a los chicos de Echo Park para despejarnos. Cenamos unos bocadillos en el laundrymatic, mirando como giran las lavadoras, y los bocadillos nos saben a jabón. Pasamos por la galería, los de las antigüedades han vendido todos los trajes, Louise gets disappointed porque ella quería uno. Luego en los indios nos invitan a mariguana y nos enteramos de que están los Junkies tocando a dos manzanas. Louise me dice: me quedan dos pastillas. Nos drogamos y vamos para allá. Los junkies son una familia, una familia entera en el escenario, y los sonidos nos penetran por los poros de la cara, y todo el amor se nos sube a la cabeza y salimos al patio a hablar. Hablamos like mad, como nunca en nuestra vida. Louise y yo. Se nos van sumando y separando parejas de gente, vodka en botellas de plástico, la gente mueve la cabeza, alante-abajo y atrás-arriba, escucha lo que dicen, tío, man, los junkies. Nos vamos para poder coger el autobús antes de las dos, Louise ha tenido una idea, vámonos a la Freak.
Hacia Hollywood a las dos en un autobús con cuatro hombres dormidos en exactamente la misma posición.
Nosotros seguimos hablando y hablando hasta toparnos con la iglesia. En la freak no hay apenas nadie pero por casualidad están Jason y su mujer, solos bailando en la pista, debajo de un foco azul, la mujer de Jason es gorda y bonita, se mueve despacio, con cariño, nos unimos, bailamos los cuatro, con el foco azul, un flaco pincha en alguna habitación de arriba. Louise conoce a un hombre hermoso y habla con él como estaba hablando conmigo, soltando todas las palabras al mismo tiempo. A las cuatro Jason dice vamos? Su coche tiene el maletero más grande que hemos visto en nuestra vida. En los asientos de atrás Louise y yo cabemos como niños secuestrados. Seguimos viajando un poco arriba y me da miedo de pronto no estar a la altura. Llegamos al garaje, subimos a su apartamento. Jason tiene un compañero insomne que nos mira desde el balcón y luego desde la mesa de la tele y desde la cocina. Desde distintos ángulos. Nos pregunta qué hacemos allí. Aquí está, dice Jason. Louise ha salido a fumar al balcón. Me doy cuenta de mi continua transición entre la edad adulta y la adolescencia, y viceversa y viceversa y viceversa: es la primera vez que sostengo una pistola.
Es un revólver, no está cargado, me dice, pesa - pero es mejor que pese, ¿ves? así cuando disparas no tira para atrás. Si alguien entra en tu casa, dicen, hay que darle un aviso después del aviso tiras a matar. Hay que disparar a la cabeza y matarlo y luego llamar a la policía. ¿Alguna vez has matado a alguien Jason? Geez no! Mientras me explican disparo ficticiamente a la cara gorda de un anuncio de donuts, a través de la ventana. Luego lentamente giro la muñeca y apunto a la cabeza del chico insomne. Me miran. Se quedan en silencio, nos quedamos en silencio. Jason pone una mano en el cañon: nunca, oyes, sólo se apunta para tirar a matar. Estamos solos en el salón de una casa de Culver City. Louise vuelve del balcón y pregunta si podemos quedarnos a dormir en el sofá.
Por la mañana seguimos sintiéndonos bien. Desayunamos pancakes con huevos y café de vainilla y lueno nos dejan en Venice bvd. Verano de febrero. La playa es una ventana al paraiso, una cometa en forma de gaviota, familias de amantes, niños que hacen volteretas sucesivamente a lo largo de toda la costa, las botas vaqueras en la arena, la montaña azul y el cielo azul. Nos acercamos a ver qué tal los de los tambores, y bailamos un poco. No sabemos bien qué tenemos que hacer. Perdimos a los muertos, tenemos un revólver. No queremos pensar. Se pone el sol y le pregunto a Louise si quiere que nos pasemos por China Town a buscar a El Chico. El Chico no está, pero en la discoteca del chino-chicano las luces parecen las de una nave espacial o una galaxia. Hace rato que hemos dejado de hablar. Nos sentimos perdidos, repletos, cansados y en paz, y cogemos el último tren treinta segundos antes de que salga. Corremos por el andén como posesos y un hombre enrojecido nos dice cuando nos sentamos -partiéndonos de risa- you were lucky. La suerte de los perros: callejones. Por la mañana seguimos sintiéndonos bien.
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Lo que América puede
20100210
A girl outside
A girl outside the Cafe Royale, slight, small, beautiful, hoodie and tight pants. She came from Chicago without money, all the way through San Fran crashing in couches and sharing rides, she is an artist. Artist, well, you know, means nothing. She makes videos. And the guy smoking across from her, gangsta rap, he is German-undocumented-works in a taco store. Negroes kill latinos all the time, they know all latinos carry cash, latinos get payed under the table, they carry their cash everywhere, a lot of cash. And he rolls his cigarettes and is bold and wears a cap as El Chico wears his cap, and he reminds me of home. The guys in the train. Andy. The one who left his three years old child and played the guitar and met the small, blond girl, and the small, blond girl has a bottle of whiskey in her purse. The owner of the folk store, how do you play these spoons? you play them like this, the fiancee of the woman who plays uke. The man who knows me because he has studied the zodiac signs. The girl who dances and talk, the other four girls that just dance. The beautiful one that kissed me and who I kissed, we kissed exactly at the same time, we kissed without a word. We knew we had to kiss, we had to kiss a lot in all the rooms, before the city burst, and all the rooms were full of vinyls, and little pukes, and graffiti, and love.
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20100130
Amo este
- Amo este país
- Pero cuanto
- Cómo cuanto?
- qué tanto lo amas, en que medida?
- como si yo fuera un hijo nacido de los restos
- Pero cuanto
- Cómo cuanto?
- qué tanto lo amas, en que medida?
- como si yo fuera un hijo nacido de los restos
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20100129
Los pelícanos de la playa
Los pelícanos de la playa son tan gordos que no pueden mirarte de frente. Les frena el pico. Luego despegan como animales prehistóricos. He dejado a Louise en casa. Desde que enterramos a los muertos hay largos silencios, y tardes con mucho espacio. Hay una maceta nueva en la ventana de la cocina, la lluvia mató a todas las demás plantas y estuvimos apenados por eso una semana entera. Las gaviotas están congregadas en un punto muy concreto y miran la espuma. La espuma es química. Se solidifica al llegar a la orilla y luego sigue su curso caminando deslizándose por la arena. Montones blancos de espuma petrificada, te lo juro, Lou, le digo por teléfono, what is your guess, do you think it's toxic? La luz le da a la espuma de costado y parece un asunto de otra época, y también que recordaré este momento para siempre hasta que muera. Luego la fiesta. Las fiestas en la arena de Venice son siempre de gente que está sola en su éxtasis pero junta bailando, y se pone el sol. Se pone el sol todos los días, todos los días del año. Hoy he venido con el chico, he dejado a Louise en casa. Desde que enterramos a los muertos la música encaja, vamos a los bares y pedimos bloodymarys. Estamos pensando en mudarnos al village, con la gente bien. Cambiarnos el apellido, llevar una vida tranquila. El chico me mira desde lo alto de la jarra de cerveza, y despega otro pelícano, casi de las manos de una señora que intenta dar de comer a las gaviotas, y alguien cae en coma al suelo. Siempre que vemos a alguien morir, y a los firemen no taparle la cabeza para fingir que está bien, nos ponemos a comer palomitas. Desde que enterramos a los muertos. Comemos palomitas entre la gente, de frente a la camilla. Antes teníamos más pudor, y menos conciencia. Yo nunca había visto un pelícano, antes.
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20100123
El tercer lunes de enero
El tercer lunes de enero, después de que enterráramos a los muertos por primera vez y pensáramos que para siempre, empezó a llover y ya no paró. Llovió suave en dirección suroeste, luego más fuerte, luego sólo hacia el sur, verticalmente sólo, y cada vez más fuerte, hasta que parecía que estaba a punto de parar, pero seguía. En ese tiempo, Louise aprendió a tocar el piano, practicó su francés, cosió su ropa interior, hizo fotografías del salón y del lavadero, leyó el periódico, cocinó bizcochos, arregló la cañería de la ducha, regó las plantas de interior, hizo ejercicio, abdominales y flexiones en la moqueta del pasillo, revisó las cartas del banco. Yo abrí la puerta 50 grados y me senté y me puse a fumar y a mirar.
Desde la puerta vi: la bicicleta de Louise con un paraguas para salvar el sillín, que la mesa del patio estaba torcida, un pájaro entrando en un matorral, la planta muerta en el escalón, por la calle pasó una chica con tacones, el reflejo de dos árboles, el musgo de la entrada, se encendió el farol del edificio de enfrente, alguien paseando sin paraguas por el campo de fútbol, un chico con muletas, dos chicos con capuchas, el ruido de una ambulancia o de la policía, mi bicicleta apuntando hacia la bicicleta de Louise, mi bicicleta en ángulo recto con la mesa torcida, puse un disco de jazz que habíamos oído muchas veces con la canción a foggy day, esperé a que pasara algo, no me pareció que hiciera falta que pasara nada.
Al cabo de varios días Louise y yo nos encontramos en el pasillo y nos quedamos mirándonos durante cuarenta y siete minutos.
Desde la puerta vi: la bicicleta de Louise con un paraguas para salvar el sillín, que la mesa del patio estaba torcida, un pájaro entrando en un matorral, la planta muerta en el escalón, por la calle pasó una chica con tacones, el reflejo de dos árboles, el musgo de la entrada, se encendió el farol del edificio de enfrente, alguien paseando sin paraguas por el campo de fútbol, un chico con muletas, dos chicos con capuchas, el ruido de una ambulancia o de la policía, mi bicicleta apuntando hacia la bicicleta de Louise, mi bicicleta en ángulo recto con la mesa torcida, puse un disco de jazz que habíamos oído muchas veces con la canción a foggy day, esperé a que pasara algo, no me pareció que hiciera falta que pasara nada.
Al cabo de varios días Louise y yo nos encontramos en el pasillo y nos quedamos mirándonos durante cuarenta y siete minutos.
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20100121
* (siete meses antes)
El Hombre me abre la puerta él mismo, es una oficina muy corriente. No me invita a que me siente y él tampoco se sienta, así que parece que el asunto será breve pero en realidad habla durante casi una hora, yo le pregunto: en qué consiste. Él me dice: son muertos que hay que enterrar, yo le pregunto: donde, y él me contesta: donde los muertos quieran. Son muertos bonitos, lustrosos, limpios, agradables al trato. Pesan un poco, como todos los muertos, ocupan un poco y condicionan, pero no dan mucho quehacer, no opinan, no te intentan convencer, un cigarro, no gracias. No fumo cuando tengo que prestar atención, Ilaria decía: cuando no sepas qué hacer, fúmate un cigarro. El Hombre mira sus estanterías, está rodeado de estanterías como un CARACOL.
Me dice: tienes que cruzar la frontera y llegar a Losestadosunidosdenorteamérica. Estos muertos son de allí y allí tienen que acabar. Son de ese tipo de muertos que nadie quiere, se los han ido pasando de uno a otro y han acabado aquí, añade otras cosas que podría hacer al otro lado de la frontera para aumentar un poco mi salario El Hombre para de hablar para respirar y mirarme. Dice: “una bonita suma”. Dice: lo malo del trabajo es que no se sabe cuando terminará ni como. Donde los muertos quieran y cuando los muertos quieran, pero a veces es difícil de averiguar porque los muertos en realidad no quieren. Ellos dicen que sí quieren pero en realidad no. Enterrarse es el fin. Estos son de esa clase de muertos que piensan que no hay nada después. J. me decía que ya era hora de que empezara a vivir del todo, pero por otra parte solía decir muy a menudo “no hay prisa”. Esta mañana he pasado por delante de su casa y había un grupo de personas rubias esperando el autobús. Todos eran rubios por casualidad. Concéntrate me digo, y El Hombre sigue hablando desde las alturas de sus estanterías: tienes que: meter a tus tres muertos en la maleta, cruzar sin que te abran la maleta, no hablar de lo que llevas en la maleta, principalmente no hablar, escuchar mucho más que hablar, y una vez allí quedarte, hang around, ver qué pasa. Me dice: nos veremos pronto, y: contigo hasta la puerta del avión pero a partir de ahí estás solo, y: por aquí, adelante, y abre una puerta de las que dan al pasillo, y entramos en la morgue y allí me presenta a los tres muertos.
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Me dice bienvenido
Me dice: "bienvenido", después paso un día con la maleta a cuestas tratando de devolver la bicicleta robada, con su basket y el claxon en forma de luchador de sumo. Me encuentro con el chico de negro otra vez y el chico de negro me mira con reprobación, a mi y a mi maleta, luego me lleva en coche hasta Los Angeles. Hacemos cinco horas en silencio y pasan bastante deprisa para ser tantas horas. Me suelta en San Fernando y me doy cuenta al darle la mano de que ahora parece más mayor de lo que me pareció al principio. En San Fernando dos mejicanos grandes se acercan y se alejan de mi y se vuelven a acercar, y luego llega el autobús. Al final del camino está Louise. Y Louise me pregunta:
- cómo fue tu viaje.
También me pregunta ¿qué has visto, qué has hecho, qué has comido, me has echado de menos? Yo le digo que no lo sé, yo tengo tantas partes de América, tantas tantas horas de américa, y amantes y mirar a los amantes, mirarlos recoger colillas de cigarro, todos los pueblos, de Washington a California / es duro no morirse a cada momento y hace mucho que no duermo, le digo: no lo sé, es demasiado largo / no lo sé, hace mucho de todo esto. Hace más de media hora. Los muertos tienen mucha curiosidad por saber qué he visto, ninguno de los dos estuvo nunca en el norte, y sólo sé decirles que el norte es como el sur, y como el este y como todas partes, salvo el oeste. ¿No es como el oeste? No, no tiene nada que ver. Comemos algo, luego descansamos y ponemos música porque somos una pequeña familia secreta. Al día siguiente vamos a la playa Louise y yo, nos reímos tanto en el autobús que al final todos los pasajeros están aguantándose las ganas de sonreír, toda la calle aguantándose las ganas, toda la playa, el mundo entero a punto de ponerse a soltar carcajadas de gigante. Vamos a una fiesta en la arena de Venice, cuando ya es totalmente de noche, y bailamos sin decir palabra, millones de tambores, yo cojo una maraca y Louise baila baila baila en el centro del círculo. Luego viene la policía pero los que están acostumbrados a bailar (en la arena) también corren más de prisa, no saben por qué corren pero tienen que correr.
Uno le dice a Louise: qué ojos tan hermosos. Hacemos amigos y encontramos un nuevo dealer, más caro pero más seguro que el que teníamos en el barrio. Nos dice, esperadme ahí, en frente de la liquor store, luego viene en una bicicleta y tira al suelo el paquetito con el hemp envuelto en su número de teléfono. Pensaba que érais policías, ¿por qué? porque ella lleva una cámara. Me gusta estar aquí, le digo a Louise. Todavía es enero, ¿todavía? Y no nos lo podemos creer, y nos seguimos riendo todo el camino hasta realmente cansarnos.
Luego decidimos volver al viejo Sunset Strip, para celebrar la noche, pero cuando estamos a punto de salir nos llama el chico que se quedó sin sitio para dormir. Somos una familia que se expande, recogemos al chico, y seguimos bailando en la calle, en la casa, en el cementerio de los veteranos, hasta que se hace de día y se hace de noche varias veces.
- cómo fue tu viaje.
También me pregunta ¿qué has visto, qué has hecho, qué has comido, me has echado de menos? Yo le digo que no lo sé, yo tengo tantas partes de América, tantas tantas horas de américa, y amantes y mirar a los amantes, mirarlos recoger colillas de cigarro, todos los pueblos, de Washington a California / es duro no morirse a cada momento y hace mucho que no duermo, le digo: no lo sé, es demasiado largo / no lo sé, hace mucho de todo esto. Hace más de media hora. Los muertos tienen mucha curiosidad por saber qué he visto, ninguno de los dos estuvo nunca en el norte, y sólo sé decirles que el norte es como el sur, y como el este y como todas partes, salvo el oeste. ¿No es como el oeste? No, no tiene nada que ver. Comemos algo, luego descansamos y ponemos música porque somos una pequeña familia secreta. Al día siguiente vamos a la playa Louise y yo, nos reímos tanto en el autobús que al final todos los pasajeros están aguantándose las ganas de sonreír, toda la calle aguantándose las ganas, toda la playa, el mundo entero a punto de ponerse a soltar carcajadas de gigante. Vamos a una fiesta en la arena de Venice, cuando ya es totalmente de noche, y bailamos sin decir palabra, millones de tambores, yo cojo una maraca y Louise baila baila baila en el centro del círculo. Luego viene la policía pero los que están acostumbrados a bailar (en la arena) también corren más de prisa, no saben por qué corren pero tienen que correr.
Uno le dice a Louise: qué ojos tan hermosos. Hacemos amigos y encontramos un nuevo dealer, más caro pero más seguro que el que teníamos en el barrio. Nos dice, esperadme ahí, en frente de la liquor store, luego viene en una bicicleta y tira al suelo el paquetito con el hemp envuelto en su número de teléfono. Pensaba que érais policías, ¿por qué? porque ella lleva una cámara. Me gusta estar aquí, le digo a Louise. Todavía es enero, ¿todavía? Y no nos lo podemos creer, y nos seguimos riendo todo el camino hasta realmente cansarnos.
Luego decidimos volver al viejo Sunset Strip, para celebrar la noche, pero cuando estamos a punto de salir nos llama el chico que se quedó sin sitio para dormir. Somos una familia que se expande, recogemos al chico, y seguimos bailando en la calle, en la casa, en el cementerio de los veteranos, hasta que se hace de día y se hace de noche varias veces.
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